Notas en torno al arte de inspirar (Coluccini, Soriano y Cingolani)

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Notas en torno al arte de inspirar
 
(…)
 
Sobre Soriano, sobre el escritor argentino Osvaldo Soriano, no dejo nunca de proclamar, ni dejaré jamás de hacerlo: me inspiró. Me inspiró la vida.
En medio de la distancia con casi todo lo que, una vez, amaba.
En medio del desasosiego, que sumado a la distancia, provocaba en mí el desarraigo pasado y el nuevo arraigo que vivía, Coluccini –uno de los personajes de Soriano de su novela Una sombra ya pronto serás- fue una especie de ancla, muy cerril, muy indómita.
Coluccini, Cingolani: todos a Bolivia. (¡Todos-A-Bolivia!, como cuando volanteábamos, organizando ese memorial delirante en homenaje al Che Guevara en la Facultad de Filosofía y Letras, en la calle Puán, con el nieto del cacique Yanquetruz, la Vicky Polti, sobrina del mártir de Trelew, el Claudio Niro, que había estado secuestrado en la ESMA, y Martín Castellano, mi compañero y mi amigo).
Bolivia, como el nombre de un destino, el nombre del destino.
Bolivia, como un muelle de redención desde donde volver a volar, cicatrizando heridas.
Bolivia, el nuevo hogar donde soñar.
Bolivia, las cordilleras y las selvas.
No era tan así lo que soñaba el Coluccini de Soriano pero leerlo aquí, era más que una señal. Era una especie intrépida de bienvenida.
 
Así fue, entonces, que fui creciendo. Leyendo (y releyendo) uno a uno todos los libros del gran Soriano. Allí, entre sus páginas, allí, entre sus libros, entre sus historias, me di cuenta de algo que aún me incita, aún me moviliza al extremo de escribirlo, y que no dejaré nunca de agradecerle: Soriano es el escritor más sensible, más querible, más entrañablemente propio, que tenemos los argentinos.
Ese famoso escribir como “cross a la mandíbula” que proclamó Roberto –el inmortal- Arlt, Soriano lo volvió pleno, no traumático (como la obra del susodicho), lo volvió simple, no complejo como la obra del inolvidable Roberto, lo volvió esperanza en la desesperanza –como toda la obra del genial Roberto Arlt-, el señor Soriano.
Hablo inevitablemente de Arlt. Si me torturan, yo diré: el mejor escritor argentino de todos los tiempos se llama Roberto Arlt. Si no me torturan, diría lo mismo. Arlt es el visionario. Arlt es el hombre que patea todos los tableros del ajedrez literario y de la pobre realidad de la cultura reaccionaria argentina, y escribe y escribe y proclama al escribir: vayansé todos al carajo. Aquí o se escribe lo que se padece, se escribe como se sufre, se escribe poniendo el cuerpo, la sangre, el honor, el orgullo y la gloria, o no se escribe. Y Arlt, mi tan amado Arlt, lo hizo. Y le costó las tripas, el cuero, los ojos, y se llevó su vida, escribiendo, escribiéndola, escribiéndonos.
 
Soriano es el hijo póstumo y ucrónico que Arlt nunca tuvo. Pero, en un juego borgiano de espejos, en un devenir bien argentino, Soriano es, a la vez, el heredero natural de Roberto y también la otra cara de su moneda: allí donde Arlt era oscuro, Soriano le echa luz con un humor sin cadenas, un humor invencible.
Allí donde Arlt era pesimista, Soriano convierte el pesimismo, en el ojo de la patria, un San Martín robotizado que vuelve desde Europa a liberar la Argentina de sus opresores, o crea un ejército de gorilas armados de AKs47 para liberar otras patrias, en África.
No hay pesimismo en Soriano: hay las ganas de mandar todo a la mierda, siempre, con el mejor recurso de todos: el humor, la ironía, el desatino, el despelote, el disparate, como diría otra voz fundamental e inspiradora en grado sumo como fue la de María Elena Walsh.
Soriano, en sus textos, proclama algo así, parafraseando otras proclamas de otros combates: Ustedes no nos vencen porque no nos pueden vencer porque ustedes no se ríen, ustedes sufren por sus millones, ustedes sufren por su poder. Nosotros, celebramos. Nosotros, reímos, Nosotros, no nos rendimos porque celebramos y nos reímos. Nosotros, somos así. Nosotros, somos el pueblo.
 
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Bla, bla, bla: Ja, ja, ja!!!!!
 
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Cuando yo sea presidente de la República Argentina, voy a mandar a hacer tres monumentos en la frontera con Bolivia.
El primero, estará en Pocitos, cerca a Yacuiba. Será un monumento a Coluccini, señalando el norte, hacia Santa Cruz de la Sierra, a donde quería llegar pero nunca llegó.
En La Quiaca, levantaría el monumento al propio Soriano, con un pucho en una mano y un gato en la otra. No sé si el gordo alguna vez estuvo ahí pero estoy seguro que, desde el cielo, se sentiría feliz.
En Aguas Blancas, en frente del majestuoso río Bermejo, se erguiría el tercer monumento, el monumento a la síntesis de la literatura nacional, con proyección patria grande, mirando hacia Bolivia, nuestra pedazo de patria grande más amado.
Allí, erguiría un monumento doble: Arlt y el gordo Soriano, abrazados, juntos, eternamente, mirando al río, mirando a la serranía, desmintiendo lo urbano. Arlt lo padecía, odiaba lo urbano. Soriano, no tuvo tiempo ni de expresarlo: se murió tan joven que da calambre.
 
(…)
 
¡Queríamos tanto a Soriano! Yo lo quiero cada vez más, lo extraño cada vez, cada minuto, un poco más. Extraño ese humor que como pirañas en las páginas se devoraban todo el hastío con el que la realidad busca demolerte. Gracias a la vida y a su invencible inventiva, quedan sus libros. Esta es una invitación a recorrerlos e internarse en la ruta Soriano hacia la felicidad ya que si leer, si la lectura de Soriano, procura placer y provoca alegría, no le demos más vueltas. Eso otra forma de definir aquello. La felicidad.
 
Nota a las notas: para ser sinceros, rescaté estas palabras de mis archivos secretos de Río Abajo, gracias a la inspiración que me brindó leer el texto de Sánchez-Ostiz titulado Las puertas, la autoridad, la rebeldía… y que termina así: “Acuérdate entonces de lo que te decía Coluccini, un día que anduvisteis por la parte de Balcarce: «¡Uuuh, nunca se entregue! Yo soy un viejo rutero. Siempre hay una última maniobra, un golpe de volante, un rebaje, un algo… ¡Pero nunca el freno! ¡Usted pise el freno y está perdido!”. El mejor Coluccini, el mejor Soriano, la mejor de las inspiraciones. Vale.
 
Pablo Cingolani
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Dylan, Dario y yo, por Pablo Cingolani

dariofoLa democracia, esa quimera, ese elefante ciego, regresaba a la Argentina, tras la mayor sangría de toda su historia. El aire se cortaba con daga o con hacha: cualquiera sabía, intuía que los uniformados que habían masacrado a una generación de  jóvenes, buscarían impedir su juzgamiento y el castigo que merecían por tanta fechoría. En ese cuadro político donde las sombras entorchadas acechaban y confundían a la luz colectiva, a alguien se le ocurrió traerlo a Dario Fo y a Franca Rame a Buenos Aires. Era el orwelliano 1984.

Actuaron en el teatro municipal General San Martín, uno de los otrora epicentros culturales de la urbe platense, y los fachos, como se estilaba, participaron del evento metiendo una bomba que estalló sin matar a nadie pero derribando todos los vidrios del edificio. Fo y su pareja Rame eran conocidos teatreros de origen italiano, anti clericales y satíricos en extremo, intragables para un sistema de hipocresías del mismo tenor. Tras que explotó la bomba, previa a la presentación de Dario y Franca, se decidió que el espectáculo programado, iba a continuar. Es más: también se decidió no cobrar la entrada.

Luisa R. era mi amiga y también era italiana. Ambos éramos alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Adriana era otra amiga común. Todos lloramos cuando, meses atrás, el peronismo había perdido la primera elección de su historia. Luisa tenía una biblioteca memorable, una paranoia que le venía de un padre empresario, ligado a actividades oscuras (la mafia, la P2, andá a saber), y un gato-gato, sin credenciales. No me pregunten por qué, no lo sé: Luisa fue la traductora de Dario Fo y Franca Rame, tras que la bomba asoló el teatro donde se presentaron en Buenos Aires. Un millar de personas, una luz cenital iluminaba a los autores, una lucecita la iluminaba a ella. Lo demás era silencio, incertidumbre, temor de que otra bomba reviente, con todos nosotros adentro.

Hoy, dos noticias han sacudido al mundo del arte. Dario Fo ha fallecido y a Bob Dylan le han concedido el Nobel literario. Hace unos años, también se lo habían dado al irreverente Fo. Me alegra lo de Dylan, no por el premio, sino por él. Celebro la memoria de Fo, no por la muerte, sino por él.

La historia de su visita a la Argentina post dictatorial no terminó. Tras el evento, Luisa corrió a pedirme un favor que, a su vez, se lo habían pedido Franca y Dario. El favor era juntar firmas en un petitorio donde se denunciaban las prácticas aniquiladoras que dominaban dentro de las llamadas cárceles de máxima seguridad existentes en algunos países de Europa, como Italia, donde se pudrían antiguos combatientes de las Brigadas Rojas, o Alemania Federal, donde se castigaba así a guerrilleros de la RAF, la Facción del Ejército Rojo. Desde ya, lo hicimos, junto a otros militantes de la JP, la Juventud Peronista.

Esos años, gastaba escuchando un discazo del sin igual poeta del rock: era una de las primeras grabaciones digitales de la historia y un concierto que Bob Dylan había ofrecido en el estadio Budokan, en Tokio, Japón. Era un disco doble, con un sonido extraterrestre y arrancaba con una versión de Mr. Tambourine man que te provocaba tanta alegría que te hacía saltar y gritar y sentir que eras feliz, simplemente porque esa voz desgarrada y esos acordes de la guitarra te demostraban que sí, que podías serlo, que la felicidad también era eso: un puñado de canciones, compartirlas con los amigos y soñar que todo era posible.

Con los petitorios y con las firmas, fuimos con Luisa y los compañeros a saludarlo a Dario. Terminamos tomando unos vinos con él, en una fonda. Apreció mucho el gesto que habíamos tenido, nos dijo que éramos valientes, esas cosas que se dicen entre compañeros de ruta y de lucha. Nosotros le contamos que la solidaridad era una sola y que en Argentina estábamos peleando por lo mismo: por la libertad de todos los presos políticos que seguían en las cárceles, a pesar que Alfonsín ya gobernaba.

Hoy, Dario Fo partió  para reencontrarse con Franca; no sé nada de Luisa hacen más de treinta años, los presos políticos argentinos fueron liberados, muchos de mis antiguos compañeros siguen intactos, con los ideales intactos, y el gran Bob Dylan está en todas las noticias, por el premio ese que le han dado. La vida sigue, como su música: tumultuosa, fértil, feliz.

 Pablo Cingolani

Buenos Aires, 13 de octubre de 2016