Vuelta de Lezabe

dsc_0118Esta mañana me fui para Lezabe, un paraje del valle que me gusta mucho, pasando por Lekaroz y por Arrazkazan, el barrio al que fui a parar hace 21 años. Ese topónimo parece que hace referencia a cuevas o simas que nadie ha encontrado, y a mí me recuerda un episodio de la Primera Guerra Carlista,  cuando Espoz y Mina, en 1835, fusiló a unos cuantos vecinos de Lekaroz y pegó fuego al pueblo en venganza a que no le dieran información acerca de donde estaban escondidas piezas de artillería carlista; incendio que tuvo un testigo militar-literario: un jovencísimo oficial llamado Ros de Olano que dio cuenta del atropello. Nunca volveré a escribir sobre carlismo ni carlistas, al menos desde el punto de vista histórico, un asunto hoy hecho cortijo en manos de mafiosos, como tantos otros, una jauría erudita que muerde y escupe. Ya lo hice. Toca otra cosa, las páginas del último tranco, ese que puedes oler a nada que pongas atención.

Lezabe es un paraje muy boscoso, atravesado por un camino luego senda estrecha y cerrada que transcurre junto a un regacho entre robles autóctonos y americanos, castaños, muchos helechos y más silencio, unas caleras en ruinas como para escenario de atrocidades de Cormac McCarthy… siempre pienso lo mismo y me cuento alguna historia tenebrosa de venganza y demencia. Creo que fue en ese bosque cerrado, junto a la boca musgosa de una calera, donde imaginé mi novela La sima (luego Zarabanda). La senda es enrevesada, tal vez por eso me gusta, rodea árboles majestuosos, desaparece en algunos tramos tras una cortina de zarzas y lianas, y al final se abre, luminosa y va a parar al camino de Arrazkazan a Legate, y de ahí, por la pista de Arraioz, a casa. Es probable que quien me lea o vea estas imágenes, se aburra, yo no. No hay ni dos días iguales ni dos parajes que lo sean ni mucho menos el estado de ánimo es el mismo. Además, no estoy en Nueva York, ni conspirando y escachando famas en un comedero del barrio de Salamanca, ni manipulando premios literarios desde el consejo de administración de un periódico; estoy donde estoy, ni más lejos ni más cerca de nada, y desde ahí escribo, de otros asuntos, menos idílicos y más urgentes.

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Haizegua

Acabo de recibir una invitación de la revista argentina Siwa para escribir sobre algún viento. Lo voy a hacer sobre el del sur, ese haizegua atizaseseras que ha soplado estos días pasados en Baztan, viento que inquieta, invita al viaje, a alquilar el cerebro a los disparates y andar como si no pisaras el suelo.

Cuando una puerta se cierra, otra se abre, escribía  hace unas semanas. Algunas están siempre abiertas, salvo que tú las cierres, dando portazos encima, no diré que a mi edad todos los caminos están abiertos, pero los horizontes son anchos salvo que tú los achates y vuelvas la cara contra la pared, aunque también ahí, en las capas de cal y azulete del muro, hubiera mapas, puertas que te llevaban lejos, mares o cementerios, tanto daba.  Viajes, mundos, mapas, territorios, vidas, pájaros, pasos perdidos, muchos, exilios interiores, ausencias, extravíos de antes de darte cuenta de que no hay camino y que eso no tiene arreglo… Islas Flotantes, las de No existe tal lugar.

 

captura-de-pantalla-2015-08-20-a-las-09-14-32Una sombra ya pronto serás, de Héctor Olivera, sobre la novela de Osvaldo Soriano. Vías muertas y viajes en balde, empeños de pacotilla, fugas en las lejanías que son callejones sin salida: «lo que nos atraía era mirar nuestra propia sombra derrumbada y quizás pronto nos íbamos a confundir con ella», se le oye decir a quien no se llama Zárate.

«¡L’aventura e finita!»

Tesoros esfumados, amigos muertos o fugados en el tiempo, circos en derrota, liquidaciones por derribo y cerrados por defunción de ganas, funambulismos sin red y sin maroma, ilusiones perdidas en malos envites, partidas de truco amañadas, pillerías de supervivencia, descaros y palos, muchos.

«¿Todavía va para Bolivia?» –pregunta quien no se llama Zárate tras la última batalla perdida.

«¡Imagínese, ahora más que nunca!» –exclama Coluccini con entusiasmo, como si la resurrección fuera más importante que el propio triunfo, la gran conquista.

Para dónde tirar, en qué vía muerta andas perdido, por qué malos caminos te metiste, qué errores graves sabes que no terminarás de pagar nunca y que van va a ir contigo en un equipaje que no puedes dejar en consigna alguna… si no sabes jugar al truco no juegues, porque lo tiene, y tú no sabes ni las reglas más elementales, ni cómo guardarte el as en la manga, admite que juegas con dados de plomo y dedos huéspedes…

Habla Coluccini, tierno, vibrante, vehemente desde la desdicha:

«¡Uuuh, nunca se entregue! Yo soy un viejo rutero. Siempre hay una última maniobra, un golpe de volante, un rebaje, un algo… ¡Pero nunca el freno! ¡Usted pise el freno y está perdido!»

Aunque sea una Bolivia de papel, aunque la aventura haya acabado, aunque el horizonte se haya achatado, lo dice Coluccini: hay un momento para retirarse antes de que el espectáculo se vuelva grotesco por mucho que el público pida otra, que acaba siendo la de la burla. Pide tú la espuela, para el camino, alarga el tranco y ¡ospa!… Cuando la aventura se acaba te vas para Bolivia, aunque esta ya figure en otros mapas. Regresar es irse, etcétera, no hay que pisar el pedal del freno, «guarda con los perdedores», etcétera… En cualquier esquina te venden «cualquier cantidad» de Bálsamo del Tigre (auténtico). [De Rumbo a no sé dónde, 21.8.2015]