Benjamin Fondane, en Ulysses

captura-de-pantalla-2017-02-16-a-las-07-27-42Benjamin Fondane, en Ulysses, su libro de poemas de 1929, escrito a bordo del Mendoza, rumbo a la Argentina, su primer viaje, invitado por Victoria Ocampo.

Ulysses leído hace mucho, en diciembre de 1980, cuando la editorial Plasma publicó Le mal de fantômes, donde está incluido ese libro del desarraigo y la desposesión, al que vuelvo porque a cierta edad… A cierta edad sientes la necesidad de caminar sobre la huella de tus propios pasos los que en lugar de llevarte a regreso alguno, te conducen a un territorio nuevo en el que es mejor que sepas de antemano que puedes extraviarte: el de tu memoria, ya pura invención, refugio de anhelos frustrados, nutrida más con lo que crees haber vivido, que con lo que en efecto viviste.

Tenías una diosa a tu lado, Ulises:
–¿Para qué sirve viajar?
[…]
–Para qué sirve marcharte
ya vencido, antes de haber abierto la boca,
a unos países de los que no volverás más que viejo
lleno de sirenas a las que no habrás escuchado,
de victorias frustradas
y el corazón pesado por haber resistido a tu sed?

Volverás tras haber vivido la ficción de la expatriación y de acariciar la idea de abandonar para siempre la tierra en la que no tienes sitio porque no has sabido hacértelo, no por otra cosa… Pero antes de empezar el ensayo de la apuntación fiscal, mira bien en el espejo y piénsatelo dos veces. [De A cierta edad]

“Fuir! là-bas fuir!”

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La Casco, la goleta de Robert Louis Stevenson con la que navegó por el Pacífico… ¿Buscando el tesoro de la catedral de Lima? ¿Stevenson buscador de tesoros en su huida allá lejos? Mallarmé viene en nuestra ayuda, en «Brise marine»

La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres.
Je sens que des oiseaux sont ivres
D’être parmi l’écume inconnue et les cieux!

 La carne será triste, o como guste de traducir el purista de turno, pero no has leído todos los libros, ni mucho menos, y por lo que se refiere a los viajes allá lejos a donde huir, casi mejor el viejo refugio del viajero inmóvil, la gran patraña, al menos en tu vida, blando sucedáneo de la vida no vivida…

O nuits! ni la clarté déserte de ma lampe
Sur le vide papier que la blancheur défend

 Viajes inmóviles, huidas de papel y tinta, combates de lo mismo, en algún reducto de extramuros, un vivir de lo perdido, en el tiempo recobrado de la escritura. Eso al menos te dices para no escuchar al segalari que con su guadaña bien afilada te corta la hierba debajo de los pies.

¿Je voudrais pas créver, también ahora, cuando los remedios de botica hacen las veces del pasaporte manoseado en la mesilla de noche donde aparcabas los sueños y los pecios de la andada? ¿Todavía quieres no espicharla antes de haber conocido los perros de México que duermen sin soñar? Pues si es así te ha quedado y te queda mucha tarea por hacer –No dejarás nunca de recordar al escultor Remigio Mendiburu diciendo: «¡Y toda una vida por hacer» cuando se enteró de que estaba herido de muerte–, por eso buscas consuelo en la invocación del viaje, en los pájaros embriagados por su propio vuelo, entre cielos y espumas.

Je partirai! Steamer balançant ta mâture,
Lève l’ancre pour une exotique nature!
Un Ennui, désolé par les cruels espoirs,
Croit encore à l’adieu suprême des mouchoirs!

La poesía ajena es el último refugio contra el hastío y la certeza de esas limitaciones que te impiden levantar el vuelo, al tiempo que te dices que ya no es tiempo de volar, sino de recapacitar, de poner orden, de rematar, de testar… [De A cierta edad]

Francis Jammes, Elizondo y las angulas

cvoqv8ewoae3ovy-jpg_largeEntre las jugosas páginas de las memorias del poeta Francis Jammes me he encontrado unas divertidas, referidas al lugar donde vivo. Es un episodio de hacia 1900. Jammes, en compañía de un conocido, hace una excursión a pie hacia Alduides y de ahí, después de haber compartido con un párroco contrabandista que les ha propocionado un guía y unos puros de contrabando,  llega a Elizondo donde intenta hacerse con provisiones de boca para seguir camino, y lo hace en un “Ultramarinos”. Jammes a la vista del cartel espera encontrar productos coloniales –algo que también aparecía en las viejas enseñas: “Ultramarinos y Coloniales– y solo encuentra unas latas de conserva de contenido enigmático, porque no logra descrifrar la etiqueta, y que compra a la buena de Dios, además de un Oporto pasable y pan. Camino adelante, en plena montaña, cuando llega el momento del almuerzo, los caminantes abren la lata y se encuentran un contenido indescriptible:
“En un aceite pútrido maceraban innumerables serpientillas, del grosor y el color de los fideos, de unos cinco a seis centímetros de largo, provistas de unos ojillos negros extremadamente vivos y malvados. Nos echamos atrás instintivamente. Ni Fontaine ni yo nos atrevimos a probarlas, pero por lo visto eran deliciosas a juzgar por el uso que hizo de ellas nuestro guía, que no dejo un átomo en el fondo de la lata”.
Más adelante, Jammes se enteró de que aquellos “extravagantes animalillos” eran las famosas angulas que se pescaban en Urt (todavía…es llamativo ver las luces de los apostaderos de pesca en la noche) y se enviaban por vagones al otro lado de la frontera… De niño vi comer en varias ocasiones bocadillos de angulas… las circunstancias ya las cuento en no sé qué novela… Leo que  hoy andan por encima de los 1.000 euros el kilo ( a veces muy por encima).

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Francis Jammes y Robert de Montesquiou

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En el tomo tercero de Les caprices du poéte, las memorias de Francis Jammes que me faltaba, encuentro, a propósito de Robert de Montesquiou –el barón de Charlus de La Recherche y el chevalier Des Esseintes en À Rebours, de Huysmans–, una idea que no está mal. Francis Jammes está en Pau donde va a encontrarse con Montesquiou, algo que no le resulta grato, por que el conde nunca le perdonó la repuesta a una invitación al castillo de los d’Artagnan, donde el conde estaba pasando las vacaciones, y que a este le pareció insolente. Francis Jammes dice que no conservaba recuerdo alguno de ese agravio, pero dice que «en algunas personas quisquillosas, el recuerdo de la ofensa se agría con el tiempo tanto más en cuanto que no existe».

 

Ciro Bayo, vagamundos boliviano

ciro_bayo_web-31195557_stdciro-bayo Enlace a un artículo, publicado en Cuadernos Hispanoamercianos (diciembre 2016), sobre Ciro Bayo y Segurola y su paso por Bolivia, entre 1893 y 1897 o 1898: Sucre/Chuquisaca, y su trato con la mejor sociedad sucreña de la época, su revista El Figaro, su colejio en la calle de las Educandas, su trabajo de taquígrafo-redactor del Congreso la biblioteca y claustros de la Recoleta, ese convento que, según Tristan Maroff, “olía a carlistas y a Pamplona”, en una novela estrepitosa, La ilustre ciudad que fue su pasaporte para no poder regresar jamás a Sucre.
Y de Sucre a Riberalta,y su paso por la barraca San Pablo Alta, la de los “temibles” hermanos Salvatierra en el Madre de Dios, una zona insalubre de lagunas y marismas, y la explotación de la goma y de los gomeros en estado de semiesclavitud, como denunciaron  Fawcett, Balzan y él mismo.
En realidad el artículo es un avance de una “Cirobayesca” que ando rematando estos días.

 

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