Ainhoa, no hay juego

dsc_0139La imagen es de esta tarde, en Ainhoa. Necesitaba parar y tomar aire, después de pasar unas horas en una residencia de ancianos entre gritos, melopeas del miedo y olor a excrementos. Todos los comercios y restaurantes cerrados, también ese donde bebimos el Armagnac de la Guerra Franco-Prusiana, los habanos del bajo manga, los grandes platos de caza y de foie,  y cuyo reloj de sol marca todas las horas amables, tiempos… fue en otra vida… seguro, hombre, seguro, tú tranquilo, anda, duerme un rato. Se acabó la temporada de los turistas que se asombran con las boinas rojas de los vascos que estos no llevan. Pasó a toda mecha ululando en la nada de los verdes de los prados y los paros de los helechales, un coche de la Gendarmería, luego un tractor soltando lapos de fiemo que vendría de abonar algún  prado, luego, luego, en el cementerio los borrachos no jugaban al mus, pero parloteaban alegres las seroras arreglatumbas, luego, luego los relojes de sol marcaban el fin de la tarde y con ella de la estación, luz oblicua, luz de confitura, como la que vio Morand el día que fue a visitar a Proust en su casa. Ese balón perdido en el frontón de largo, nadie a la vista.

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