Recordar para recordar

dsc_0085

Una luz tristona después del ventarrón de esta noche. Soplaba del suroeste, el de la lluvia, y agitaba con violencia las contraventanas. No ha habido lluvia, pero ha pasado el afilador con su chiflo y su tonada cansina y melancólica: «¡El afilador…!». El horizonte de la geografía será corto, pero el de la memoria puede ser insondable. Los recuerdos atrapados por la cola o por donde se dejen. «¡El afilador…!», el de las calles de polvo del pueblo de la infancia, las del alguacil que hacía de pregonero y tocaba la trompeta, esa que venden en la ferretería para llamar a los cutos, eso dicen; las calles de las gitanas y el mono rijoso, las que enseñaban el culo negro por una ochena. Ese teatro se ha cerrado, por defunción, derribo o cese de negocio, es gual, cerrado está. Queda el bosque del invierno, los árboles descarnados y la luz de invierno ya que a mí me recuerda una película de André Delvaux, Rendez-vous à Bray, que vi en Valladolid, a finales de 1972… Fueron intensos aquellos meses en un acuartelamiento de Caballería. Qué habrá sido de María Dolores, de Valderas, el pueblo del padre Isla, que estudiaba filología francesa, y de Fran, asturiano, médico y ya sabio, y Paco, melómano y lúcido, y José Luis Insausti, magnífico poeta… de Pepelu, pijodandi con su mini de lujo, no pregunto porque ya falleció, muchos años después de que la policía me ofreciera devolverme el pasaporte si decía donde estaba escondido… dónde iba  a estar, en Maroussi, como Miller, pero en Logroño y me quedé sin pasaporte. Les jeunes hommes, de Jean-Louis Curtis, esa juventud provinciana de aquí al lado, del Bearn. Una truite au bleu, como las de Baigorri, que igual me hago cualquier día de estos que el de la piscifactoría esté de humor, y yo también. Cuando El Chino y otros dos de la BPS, aparecieron en la parada del autobús del cuartel y me pidieron la documentación debí temerme lo peor, pero no, yo a lo mío, a mi ficción biográfica, y a galope encima… Lo novelé en Cornejas de Bucarest (2010), pero ahí no está todo lo vivido entonces ni mucho menos. De no haber conocido a aquella gente no estaría aquí escribiendo. No compartes recuerdos. En la medida en que eres un personaje imaginario que se ha contado una vida por completo imaginaria, solo haces invención y como tal queda. [La novela desordenada]

Anuncios

Lugares imaginarios

cnfoapnw8aalttu

Hay lugares que sugieren el apartamiento y el silencio, pero es raro que puedas visitarlos en solitario y sobre todo en silencio. Lugares donde poder hacer una cura de silencio, como Serres en Eleusis, al margen del grupo de turismo organizado en el que él fue. Lugares misteriosos al que el previo pago quita siempre mucho misterio. Lugares en los que solo puedes entrar en grupo apretado y a empujones (Isla Negra). Hay imágenes que ocultan más que desvelan: lo que hay detrás de ellas, debajo, detrás del ojo del fotógrafo, a su espalda, en el fondo del pozo de la historia… “¡La fotográfia, qué mentira!”, escribía Chardonne (que fue alguien y ya no es nadie).  Hay lugares imaginarios, aquí mismo, sobre la mesa de trabajo, lugares a los que llegas solo con los ojos cerrados.

*** Imágen de Capadocia, Goreme.

Las pequeñas cosas

dsc_0093Cuando regreso de andar no suelo entrar al pueblo por el frontón de largo.
Hoy soplaba un viento helado y la sombra sobre la hierba de la cancha húmeda era densa, te atrapaba.
En el aire las parejas de milanos….  el ulular del buho antes del amanecer.
En un rincón, el marcador y el botarri de saque con un cepo de hojas secas
Los partidos serán ya para el año que viene y también los gritos, los aplausos, los golpes certeros.
El día que llegué, me encontré una pelota en la puerta de casa.
El día que me vaya veremos lo que dejo.
Las pequeñas cosas, ayer en la voz rota de Chavela Vargas

 

 

“¿Usted lee esto?” (Caza de citas, Joseph Conrad)

12381112_802888126487850_664970954_o

Conrad. Lord Jim. Hablan Marlow y Jim, el pobrecito soñador, y lo hacen de viajes sin retorno, de olvidar, de largarse dando un portazo, de convertirse en una persona que no haya existido con anterioridad, de todas esas fantasías de la culpa, el remordimiento, el desasosiego y la incomodidad con uno mismo… al tiempo que JIm hace su pequeño equipaje de cualquier modo:

Vi caer, revueltos con los demás, tres libros de, dos pequeños, de oscuras cubiertas, y otro voluminoso, de encuadernación verde y otro: una edición barata y completa de Shakespeare.
–¿Usted lee eso? –le pregunté.
–Sí –me contestó precipitadamente– es lo mejor para levantar el ánimo de cualquiera.”

*** La ilustración es un dibujo de Céar Llaguno.

Luz de Iquique

unnamed

Va para cinco años que saqué esa fotografía, que se dice pronto… jour aprés jour, les jours s’en vont. Qué hacía yo hace cinco años en Iquique, al norte de Chile, sobre esa costa abrupta y desolada, con rincones que guardan el recuerdo de los viejos balleneros, de las guaneras… Pues ir de Valparaíso a La Paz con parada obligada en ese aeropuerto militar antes de entrar en Bolivia y tropezar con problemas de inmigración. Pasé unos días en Iquique en el 2004, camino de La Tirana y de las nitrateras, días de temblores de tierra y de piscosauers quitamiedos; pero ese de 2010, después del último gran terremoto de Valparaíso, pasé por allí con el temor a no regresar nunca a Valpo y de haber dejado a mi espalda páginas pendientes que no sé si podré concluir alguna vez. Ahora, con Bolivia, me pasa lo mismo. Esto ha sido sorpresivo. No me lo esperaba. Acabas por ver la propia vida como una historia tan embrionaria como inacabada, una riada a la que es difícil resistirse. Y eso no tiene remedio. Ninguno. Te aguantas. No es nostalgia, es desvelo de senectud. Entre tanto te agarras al barullo del presente, a su ruido, a su cuadrilleo, al vivir el espejismo de la falsa camaradería, y en el fondo desertas, de la luz de Iquique, de la taberna de Sveijk, de la melopea del ventarrón de Magallanes, de la luz de la Pequeña Sofia, de las botas de Stevenson, en Edimburgo, emblema del viaje y de la fuerza y las ganas de vivir, y hasta de la verdadera mesa de trabajo sobre la que sueñas y deliras, mesa de pino, de matanza, esa a la que los estropajos y la sosa hicieron de sus vetas pentagramas.

Texto publicado en Vivir de buena gana, 17.2.2015

Som una llum que s’enfuig

dsc_0058

Som una llum que s’enfuig,
som una llum que s’apaga,
som una llum que no és llum,
som el gran fum de la terra.
De la terra venim,
a la terra anirem;
en la terra vivim,
en la terra serem.

Eso cantaba Raimon, eso cantábamos cuando lo de la luz que se apaga era algo de verdad lejano. París. 1967. La vida por delante y todo el blablablá que va con ella. Hasta que de pronto estás en el tiempo del humo de las velas, ese que huele a chamusquina y corre que se las pela y asoma lo de la terra como boca de lobo.

Luna de diciembre

dsc_0051La he ido viendo subir por el cabo de la calle, a media tarde digamos.
Ni sé la de veces que me habré preguntado: “¿Qué hago yo aquí?”
No hace falta ir muy lejos para hacérsela,
En el teatro portátil de los soliloquios
E ignorar la respuesta porque te la sabes.
En las conversaciones conviviales se hablaba de los vivos
Hoy lo hacemos de los muertos, desdibujados en la distancia
Como si fueran personajes imaginarios, como tu mismo para ti mismo
cuando te da por disfrazarte de Rip van Winkle y regresar
a donde no debes, y lo sabes…
¿Y la luna?  Fue Calígula quien la quería poseer
y mí me va a dar la noche.

 

Anochecer de otoño (Trakl)

dsc_0018

Roja la fronda del viejo árbol desciende,
por la ventana  abierta entra en espirales,
en fuegos oscuros el recinto se enciende
dentro se ven las sombras como fantasmales

Trakl en “Otoño en color”. Estos de los días cortos y las noches largas son anocheceres teatrales. Invitan a leer a Trakl, a Holan, a Seifert… el Trakl al que se admiraba sobre todo lo enigmático de su poesía y su biografía. Nada sustituye mejor a una poesía como un intesa biografía con el adorno de una toxicomanía de leyenda contada con unción en la ciudad de las cornetas y los tambores y las campanas, las boinas, los funerales, la BPS,  las tabernas, las murallas… Trakl, la cocaína, el bosque, los crepúsculos.

 

Cuando ya nada se espera

dsc_0134Cuando ya nada se espera… o poca cosa. El futuro no está en tu mano, ya no lo está, es una repetición tenaz del presente. La vida ya fue. Lo dijo Tabucchi. Aplausos. Incondiconales. No se te ocurra decirlo a ti en el concierto de los listos y los acomodados porque con suerte solo te abuchearán… Pero tú sigue, porque entre otars cosas no te queda otra.

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

Los mismos que recitan con sentimiento y voz de fosores los versos de Celaya, esos de 1955, tienen hoy el riñón cubierto y juegan con cartas marcadas… y de pronto callan. No sabrás si es porque les ha dado un ataque de vergüenza o porque en realidad no leyeron nunca el poema de Celaya, y no son de los que piden ley para aquello que juzgan excesivo, sino de los que lo imponen.