Esto se acaba

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Una helada, unos golpes de ventarrón y el paisaje se verá desnudo. Pienso que esta es la época del año en que empecé a escribir Las pirañas, en 1985, y esa en la que transcurren los tres días de mi novela: los días cortos y las noches largas. Mentiría si dijera que siento nostalgia por aquellos días, por mucho que fueran los de mi treintena. Me siento incapaz de embellecerlos. De estar en algún lado, están en unos diarios inéditos: Los días inciertos. Y hablando de libros: no he logrado terminar ninguno de los libros que empecé este año y eso me pone de un humor sombrío. No es fácil sobreponerse a diario a la pregunta de qué valor tiene lo que haces, a la vez de comprobar que el tiempo corre en tu contra, y que es ahora o nunca, y resulta nunca. A cierta edad no hay componenda posible: como escritor has pasado y tu papel es otro, por mucho que te disguste. Si no fuera por las redes sociales viviría en un aislamiento casi completo. Si cortas esa comunicación virtual no sobrevine otro silencio que ese en el que ya estabas. ¿Nos hemos desaparecido los unos para los otros? ¿Sirve esa vida retirada para escribir mejor? Lo dudo. Esa imagen del escritor aislado del mundo en su dacha me resulta repulsiva, cuando se pone de ese modo en escena. El escrito de verdad solitario es el que no cuelga cartel de tal cosa, como decía Séneca en una de sus cartas a Lucilio. La soledad lleva al soliloquio y este al desvarío o a la estolidez, todo lo demás son puestas en escena mejor o peor armadas.

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