Otoñal de Arraioz

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Como si el paisaje te estuviera esperando para acogerte a modo de un bálsamo, después de tanto ruido de vestiduras rasgadas y hechas jirones, de tanta trompeta apocalíptica tocada con auténtica pasión, como si el trompetista quisiera que el apocalipsis entrara en escena a su dictado e hiciera un numerito que se viera y que nos llevara a todos al chirrión. Aquí, con las primeras heladas se acabará la función, entre tanto en este café de variedades improvisado están programadas Les feuilles mortes, las de Prévert (y Kosma), pero por Juliette Greco, versiones de 1950 o de 1967, rancia sentimentalidad la mía,  puede, no tengo otra, a cada cual la suya. Voces apaciguadoras, como la de Leonard Cohen, voces necesarias… En los vericuetos de la memoria lectora, Los paisajes iluminados, de José María Castroviejo, uno de los escritores que más he querido por encima de boinas y trincheras, muy por encima. No hay otoño que no me acuerde de sus páginas.

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