La isla de Juan Fernández

14947557_1297796713572059_4914378610550905134_n

A Claudio Ferrufio-Coqueugniot le ha llegado el libro de Juan Fernàndez que tenía pedido y publica en su facebook  una fotografía de la cubierta acompañada de unas líneas sacadas del libro.

Viajé a Juan Fernández   hace trece años y cumplí así uno de esos sueños que te acompañan de por vida. Escribí el libro en el 2004, en la plaza de la Matriz, de Valparaíso, y luego en San Juan de Luz, utilizando, en parte, mi diario de aquellos días. Fue un viaje emocionante, desde que salí de Baztan primero, de Tobalaba luego, «empujando» el avión (como quedó grabado en un reportaje de televisión chilena), hasta que regresé como pude a Valparaíso unas semanas después. ¿Regresaría? No lo creo. ¿A qué? Allí había mala gente, mangueros, como el chulito De Rodt, un manguero de categoría, que me dijo que él no estaba allí para ayudar a nadie y solo necesitaba unos minutos de internet en la biblioteca pública, copado de manera maliciosa por las bibliotecarias, para pedir ayuda a Valparaíso porque me había quedado encerrado en la isla, la Jimena Green, mi primera hospedera, menudo bicho, su marido o lo que fuera aquel gorililla con el que un día salí a la pesca… Vista de manera desapasionada, aquella isla hacía bueno el dicho «Pueblo pequeño, infierno grande». Conocí gente estupenda, Mar y su esposo, el secretario de la municipalidad, Bernard Keisir, el buscador del tesoro, Pedro Niada el buceador, Errázuriz, la María Eugenia Beeche, y Raimundo en su casa del palillo, y el nihilista de la isla con quien conversé de manera infatigable, Gato Negro de por medio,  y aquella chica que quería ser poeta y a la que encontré años después,  en Cerro Concepción, una tarde tristísima de lluvia, como solo llueve en Valparaíso… Al Puerto sí volvería, sin dudarlo, a Juan Fernández no. Recorrí a pie casi toda la isla (porque tuve tiempo de sobra) y luego escribí una novela La calavera de Robinson, que tiré por la ventana publicándola en Albernadia,… me queda el diario de viaje y sobre todo la necesidad de poner tierra de por medio en cuanto empiezo a oler a canucido (o a zukusai que decían cuando era crío).

De lo sucedido con este libro, con sus editores de Ediciones B, con quienes me instaron a presentarme al premio Grandes Viajeros y de lo que pasó en el jurado de ese premio (y que me contó Javier Reverte), más de quien le ha metido mano de manera desconsiderada (aquí te acabas enterando de todo), prefiero no hablar hoy porque estoy de buen humor.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s