Con Josep Malivern en Auzkue

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Hoy vino de visita, desde Tarragona, el amigo Josep Malivern, poeta, de quien publiqué algunos poemas en mi blog Vivir de buena gana. Hemos subido a la cruz de Auzkue, pasando por ese bosque de robles en el que hay ejemplares magníficos y que con su niebla ha sido pretexto para hablar de Orson Welles en Campanadas a media noche y del paisaje inglés que él conoce bien. Mañana de carcajadas gozosas y de franca amistad. Las complicidades se hacen cada vez raras porque, además, nos tratamos cada vez menos. Lo fiamos todo a las redes sociales, nos hemos entregado a ellas casi atados de pies y manos: escasas llamadas telefónicas y escasos mensajes de correo electrónico, rarísimas cartas, encuentros esporádicos y lastrados por la pereza, la prisa, la urgencia… ¿La edad? ¿Solo eso? He visto vivir y morir a alguna persona por completo aislada y desconectada de lo que pudo  haber sido su mundo, pero no es el caso. Estas alborotadas soledades son otra cosa.  Te dirán que algo ha cambiado en las relaciones sociales y en las personales, y que hay que plegarse a esos cambios, que cualquier rebelión es inútil, que no hay marcha, que la pantalla sustituye al bosque y a sus aromas, que el teclado a la palabra y el pobre emoticón a las carcajadas francas y contagiosas. Si dicen, que digan, pero hora que le arrebates al barullo es hora ganada.

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