Rue de la Corderie, 1

dsc_0146La casa se llama Legeko-etxea y fue la antigua comisaria de San Juan de Luz. Estuve viviendo ahí entre 2003 y 2007 por temporadas largas fuera del verano… en parte porque hicieron obra en la casa en la que vivía, en Baztan, y quitaron la escalera, de manera que no podía entrar, situación que se prolongó un par de años largos.  Ahí escribí buena parte de Pío Baroja, a escena, la edición del inédito de Baroja, Miserias de la guerraEl piloto de la muerte, Liquidación por derribo, La calavera de Robinson, una versión de La isla de Juan Fernández… Guardo un recuerdo curioso. Tenía un vecino gabacho (de Toulouse) y viejo, de nombre Girault,  una chinche, que me metía anónimos por debajo de la puerta para protestar porque con mis pasos hacía temblar el edificio (“ébranler le batiment”, decía textualmente) y  que también lo hacía, de viva voz,  por las “recepciones” que daba en mi casa (ninguna), por el volumen de la televisón (no tenía) y por el  de la radio nocturna (tampoco)… también me dijo que los moros éramos sucios. Menos mal que el jebo solo pasaba unas semanas al año en la casa pero eran de traca. El resto del tiempo casi era yo el único vecino. Fue una época curiosa, caminaba mucho por el camino de la costa hasta Bidart, nadaba y vagaba por unas calles desiertas que me parecían muy poéticas, por solitarias, hasta que por el mismo motivo me resultaron cargantes, me metía en rincones raros, sacaba fotografías, pero sobre todo escribía… hasta que un día salí a escape. No diré que fue el lugar del que más a gusto me he ido, pero casi, harto de un syndic de copropiedad mafioso y abusivo, de un vecindario como de ronda de noche y de una vida como boca de lobo… o de loco, no me acuerdo bien.  Años prodigos en personajes novelescos: Gabatxeta, el pintor bohemio de la Costa Vasca, un gorrón de marca; el profesorcito Istillaga que cuando le vinieron mald adas las cosas se dio maña para amorrarse el pesebrón del Gobierno Vasco; Salvador Echeverria, un gitano que se chuleaba a una patriota…  Ahí escribí un diario que perdí, olvidado en un tren, a mi regreso de Bucarest, en mayo de 2007.  Menudo barullo de años. ¿A cuáles te refieres?, me pregunta mi sombra… la verdad es que  a todos.

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