Por el hayedo de Legate

dsc_0069

Hoy anduve de nuevo por el hayedo de Legate, a otra hora, con otra luz. Nadie y como ruido, el gañido de las grullas, el ruido de las hojas al caer y el de los golpes de viento en las copas y zarandeando las hayas. He recordado que, por estas fechas, desde hace años, suelo leer las páginas finales de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Este año no ha sido así porque no tengo ningún ejemplar conmigo. En concreto leía ese pasaje donde el cónsul  les dice a unos criiminales que quieran saber qué hace ahí donde se encuentra, que está esperando  a que pase su casa por ahí para meterse en ella, y blablablabla (mío), ya no hay casa que valga, si pasó, no me metí en ella,  si lo hice, salí por la puerta trasera antes de que la casa tomara tierra porque me la imagino voladora. Ni hay Farolito ni hay otros barrancos que los que el bosque encierra, gauridas de jabalís, refugios de becadas enseguida. No hay casa, hay bosque y hay distancia, por el momento; mañana o pasado, en Todos los Muertos, ya veremos.

dsc_0100

Fastos barojianos

barojabienCon el 60 aniversario de la muerte de Pío Baroja vuelven los fastos barojianos en esta cultura nuestra de la conmemoración, el evento y las funciones culturales institucionales.  Alguno se extraña de que mi nombre no aparezca por ninguna parte relacionado con Baroja. Soy conflictivo, dicen, ellos sabrán por qué,  y que mis trabajos nada valen, es una opinión, molesta, pero opinión.
Para mí Baroja es una página de mi vida ya pasada. Creo que, al margen de haber escrito cientos de páginas, soy sin duda el escritor en lengua castellana que más paginas ha escrito sobre el autor y su obra, lo digo sin jactancia, solo porque es verdad, molesta por lo visto, pero verdad (reto a cualquiera a comprobarlo), y porque nadie lo va a decir en mi lugar: biografías, estudios de aspectos parciales, conferencias, artículos, reseñas, prólogos, trabajos puntuales… ha sido tirar mi tiempo y mis ganas por la ventana: trabajos inútiles y ya perdidos, por ninguneados a conciencia por los bonzos de la cultura política española, pues en estos términos es preciso hablar ya. Escribí una extensa biografía, Pío Baroja, a escena, (destruida), la más completa me temo, nada. Escribí un ensayo exhaustivo, hasta la minucia dijeron, sobre Baroja y la Guerra Civil, Tiempos de tormenta. silencio, mi trabajo de edición de su mejor novela inédita, Miserias de la guerra,  silencio también, o casi… eso aburre a cualquiera, y luego los malos modos, la mala saña, las mentiras, las insidias, los vetos, las zancadillas, los insultos… como digo, eso cansa a cualquiera, es muy triste en  lo personal y afectivo, y al final te obliga a pasar página, y a olvidarte de Baroja para siempre… de la gentuza que lo tiene patrimonializado ahora mismo es más difícil.
En este país escribir algo crítico en dirección contraria a las devociones comerciales y culturales no te reporta nada bueno. No hay que apartarse de la línea oficial, académica o industrial, hay que repicar como un doctrino la papilla de los devocionarios y de las funciones organizadas en loa del estafermo, que en eso han convertido con sus incensarios y novenas a Pío Baroja. De lo contrario estás fuera.

Con Josep Malivern en Auzkue

dsc_0030

Hoy vino de visita, desde Tarragona, el amigo Josep Malivern, poeta, de quien publiqué algunos poemas en mi blog Vivir de buena gana. Hemos subido a la cruz de Auzkue, pasando por ese bosque de robles en el que hay ejemplares magníficos y que con su niebla ha sido pretexto para hablar de Orson Welles en Campanadas a media noche y del paisaje inglés que él conoce bien. Mañana de carcajadas gozosas y de franca amistad. Las complicidades se hacen cada vez raras porque, además, nos tratamos cada vez menos. Lo fiamos todo a las redes sociales, nos hemos entregado a ellas casi atados de pies y manos: escasas llamadas telefónicas y escasos mensajes de correo electrónico, rarísimas cartas, encuentros esporádicos y lastrados por la pereza, la prisa, la urgencia… ¿La edad? ¿Solo eso? He visto vivir y morir a alguna persona por completo aislada y desconectada de lo que pudo  haber sido su mundo, pero no es el caso. Estas alborotadas soledades son otra cosa.  Te dirán que algo ha cambiado en las relaciones sociales y en las personales, y que hay que plegarse a esos cambios, que cualquier rebelión es inútil, que no hay marcha, que la pantalla sustituye al bosque y a sus aromas, que el teclado a la palabra y el pobre emoticón a las carcajadas francas y contagiosas. Si dicen, que digan, pero hora que le arrebates al barullo es hora ganada.

Toques de aldaba, 4

dsc_0027

1.- El desprecio como una forma perezosa de ese odio que nadie admite sentir y que en cambio se huele a diario en el aire emponzoñado de las redes sociales y los medios de comunicación.
2.- La dudosa elegancia del desdén, tosco o ingenioso, poco importa, que esconde la envidia, esa tristeza ante el bien ajeno que fijó Aristóteles.
3.- Quien se queja de tus imprecaciones y despropósitos, espera que aplaudas las suyas o le rías sus burlas ofensivas para terceros.
4.- Cuando oyes enarbolar el principio de autoridad como último argumento inapelable, es más que posible que te estén amenazando.
5.- Cuídate de quien se muestra contrario a la violencia, incluso a la verbal, pero disfruta con la difamación, las mentiras, la calumnia y las injurias bajo disfraces literarios… siempre que el blanco sea otro, claro.
6.- La difamación solo irrita si eres tú la víctima… o tus amigos o tus deudos a quienes socorres con lanzas que son cañas chamuscadas de cohete para cobrarte el barato del favor debido.
7.- “A nosotros nos preocupa…”. Nada, ni caso, farfolla, pura retórica.
8.- Falso testimonio, prevaricación, dolo manifiesto… nada, gollerías, el aplauso, el voto y la fuerza los convierten en virtudes cívicas.

 

 

 

Gilbert Arragon, librero, en Saint-Esprit

dsc_0028

Al final va a resultar que el único motivo real que tengo para ir a Bayona es  pasar por la librería de Gilbert Arragon, y más por las chanzas y el humor del librero que por lo que encuentro, que también, claro. Pero ese rato de risas y sarcasmos no tiene precio. Me voy con la idea de que es más lo que dejo, que lo que me llevo, pero eso ya qué más da, eso no tiene cura ni escenario preciso. La librería está ahora en el barrio de Saint-Esprit, el antiguo barrio judío de Bayona, el de la sinagoga y el cementerio, pero cuando la conocí, hace mucho, demasiado,  estaba en la Petite Bayonne, siempre atiborrada de libros en los que hay de zarpear que es un gusto. Con el tiempo se metió en el local de al lado, que era una carnicería y luego algo de bicicletas. Nunca he salido con las manos vacías: viajes (Monfreid), filosofía –aquellos Cioran leídos y anotados por un cura–, Céline (en sus panfletos antisemitas),  Cendrars, Muray, Bove, Jarry, Apollinaire, Perret… qué sé yo, buena parte de lo leído estos años viene de ahí. No se trata de titulos, ediciones, autores, ni bibliofilias, sino del rompecabeza de tu mundo literario, al que te agarras como puedes. Temo el día en que pueda encontrarme la persiana echada.

img_0167

De brumas y de veras

dsc_0013El valle esta mañana visto desde Otsondo. La niebla no acababa de levantar, estaba pegada al suelo, como el humo de las casas ayer tarde… Me voy, pero me quedo, pero me voy. No será el paisaje el que me aburra, al revés, solo que un paisaje no puede ser un lastre, ni atarte como un cepo.  ¿Lastre, bálsamo? Vine aquí hace 21 años para encontrar una tranquilidad que me faltaba después de la publicación de Las pirañas y de las consecuencias que me trajo:  el libro que ahora mismo corrijo y cuya historia escribo en los márgenes de un texto que para mí no ha envejecido, al revés, me está dando viento en las velas, buen viento… me quedé corto, me quedaré siempre corto. Me he ido de aquí por temporadas y siempre he vuelto como quien se acoge a un refugio seguro.  A ratos siento que esto se acaba y otros que ya es tarde para irse a ningún lado, para emigrar como los pájaros o como Mateo Alemán,  y para todo lo que no sea atender empeños pendientes.  ¿Fantasías literarias, lirismos vacuos? Tal vez… ¿y qué? Del bien vivir se trata, al margen del escenario.

Vuelta de Legate (el paso de las grullas)

dsc_0071 dsc_0072El miércoles no hubo suerte, pero hoy sí, como nunca además. Subí a Legate porque el día estaba raso y porque sí. Hay ferias de otoño en Elizondo y aunque pueda subir al monte ya no tengo edad para andar de ferias, feriar algo por los puestos, comer como un ogro, garbanzos y paloma, ir al partido de pelota y etcétera, que casi es lo peor, el etcétera, y mañana más. No tengo edad, ni ganas, por no decir otra cosa.  Bien, a lo que estaba, a Legate. Una luz preciosa, muchos milanos, colores imponentes, rotundos y delicados en sus matices, en las umbrías… y cuando ya iba de cara al hayedo de Beltxuri, he visto la primera bandada de grullas, lejos,  por encima de los Alduides y el Quinto, con el Ory al fondo. Meterme en el hayedo y empezar a oír los gañidos atronadores ha sido todo uno, así que he dado media vuelta a prisa y corriendo  a tiempo para empezar a verlas pasar rasas por encima de las copas de las hayas. Decir que ha sido emocionante es poco. En concreto esa bandada que no se veía pero sí se oía, muy cerca,  hasta que de pronto ha aparecido por encima  de las hayas…  y enseguida una bandada detrás de otra hasta formar un grupo enorme sobre el valle. Qué alegría, como cuando nevaba, allá lejos y hace tiempo, claro. De regreso al bosque las he estado oyendo y viendo pasar entre las copas un buen rato. Luego la tarde se ha quedado quieta,  el sol ha caído y el bosque se ha quedado muy sombrío. Y no ha habido más… ¿Te parecerá poco? No, no me parece poco, me siento alguien afortunado, eso es todo.

dsc_0035 dsc_0055 dsc_0084 dsc_0086 dsc_0081

Vuelta de Larrazu

dsc_0105

Brillan los colores sosteniéndose hasta el último instante de un desvanecimiento en el juego del aire con la luz, y del cielo que apenas perceptiblemente se mueve. Un cielo discontinuo, él mismo un claro también.
Y los colores sombríos como privilegiados lugares de la luz que en ellos se recoge, adentrándose para luego mostrarse junto con el fuego en la rama dorada que se tiende a la divinidad que ha huido o que no ha llegado todavía.
Marí Zambrano, en Los claros del bosque… 1978.

dsc_0037

Larrazu es el monte que tengo enfrente de mi mesa de trabajo, el de las luces y las sombras, y los colores que marcan las horas y las estaciones. Después del paso de las grullas de ayer noche me las prometía muy felices y he subido al monte con intención de pasar  Arakan, el collado que separa Orabidea del resto del valle, pero no ha habido suerte, no han pasado las grullas; en su lugar, buitres, no es lo mismo, y abetos enfermos. Pensaba que una vez se disipara la niebla, estaría despejado, pero no ha sido así: la mañana ha estado zakarra, como dicen aquí, oscura y triste, más triste que oscura incluso, la luz lechosa, el aire quieto y asfixiante. Por el camino de subida ha habido algunos momentos luminosos, que en eso consiste todo, las hojas de las acacias. El camino puede ser el mismo, las luces no. Oscuridad pues y silencio, mucho, una quietud extraña y las nubes bajas ocultando la cumbre de Legate, el horizonte hacia los Alduides. He pasado un buen rato en el hayedo de Larrazu, el que fue alcanzado por el fuego provocado de hace meses. Silencio y oscuridad, y un verdor intenso del musgo que contrastaba con el pardo de la hojarasca mullida del otoño, pero sobre todo silencio: ” Y así son breves los detenimientos del amigo del bosque” (sigue María Zambrano). Las grullas, otro día, seguro, no engañan.

dsc_0035

dsc_0004  dsc_0086

Piedra y árbol

dsc_0040

Lo descubrí hace ya un tiempo y cada vez que paso en sus cercanías me detengo un rato. Árbiol y piedra están en una pendiente muy pronunciada. Hoy he bajado para verlos de cerca. La piedra, casi un poliedro perfecto, debió deslizarse hasta allí, pero no sé desde dónde. Tropezó con el roble cuando este era más joven y ahí se detuvo. El árbol aguantó la embestida y ahora va creciendo abrazando, año tras año, a la piedra, condenados a entenderse o a a vivir a pesar de (el árbol), o vete a saber.  Esta mañana, que he ido a visitarles, me he acordado de algunas esculturas de Remigio Mendiburu, es decir, de gente de otro mundo, en las que el escultor unía con fortuna piedra y madera. Una persona categoría Remigio, a la que recuerdo con cariño y emoción, que me acogió generoso cuando lo que yo escribía con 20 años no valía gran cosa, la mano amiga, la sonrisa, la curiosidad…  Siempre daba, contagiaba entusiasmo, ganas de hacer, de vivir con intensidad las cosas, sin aspavientos –espantus dirían aquí–, hasta en eso resultaba ejemplar. Ir viendo, las cosas, en lo que son, y asomarse, si se dejan, a lo que está detrás de ellas.

Leyendo a Jorge Teillier

dsc_0026

Leyendo a Jorge Teillier,  antes de empiece el anochecer. Teillier chileno, poeta del campo baldado, del otoño, la lluvia, los trenes, los muertos que se asoman por donde menos te lo esperas, los regresos imposibles, los recuerdos, sin los que no habría poesía (Nicolas Bouvier):
“Lo que importa no es la casa de todos los días/ sino aquella oculta en un recodo de los sueños”… no importa que no hayas vivido en esa casa, con que la hayas imaginado, en sueños construido y recorrido, basta, con eso basta. Cuanto antes admitas que vives en una casa imaginaria, que llevas una vida imaginaria y que a ratos (muchos y por fortuna) eres un personaje imaginario, mejor que mejor.
¿Desde dónde escribes?
“Estábamos en la última calle de un pueblo del sur”
Importa esa última calle, importa ese pueblo al borde de lo que es silencio, bosque, lejanía.